El apartamento estaba en penumbra, apenas una triste bombilla iluminaba
la estancia. Los muebles, ajados, ni siquiera mostraban el aspecto
lustroso que un día tuvieron, lacados, oscuros e imponentes en
su austeridad… hace tantos años. Las puertas del aparador
ya no encajaban y la madera del suelo crujía por el peso de unos
pasos apresurados bajo la mortecina luz. Buscaba una hoja de papel y no
encontraba nada que sirviera mínimamente. Los papeles
caían sin orden ni concierto, rechazados. Al final se
decidió por un trozo de periódico.
El lápiz apenas le cabía en la mano de lo pequeño
que era. Sólo sobresalía de entre sus dedos la escasa
punta que había podido obtener con una roñosa navaja.
Suficiente.
Con un profundo suspiro empezó a dibujar.
Sentado, con las piernas cruzadas y el improvisado lienzo en su regazo,
el lápiz empezó a deslizarse por el espacio en blanco que
tenía libre y lo emborronó con trazos rápidos y
seguros hasta que la forma de aquel rostro amado apareció. Las
líneas marcaban su pelo rubio, el mentón, los ojos
claros, la cicatriz…con el dedo meñique difuminaba las
sombras de los marcados pómulos y una triste sonrisa, apenas una
mueca, se dibujó en su cara al sombrearle los ojos.
Los recuerdos acudían en cada detalle que la punta del
lápiz mostraba. Al dibujar un mechón recordaba todas las
veces que su mano lo había colocado en su sitio o revuelto
amorosamente. El lóbulo de la oreja aparecía y
volvía a saborear su carne templada y los pequeños
estremecimientos que acompañaban la exploración de esa
zona tan sensible. Los ojos los veía cerrarse despacio,
invitadores e increíblemente azules, transparentes por todo lo
que siempre conseguían trasmitirle. La boca perfecta, jugosa, su
eterna tortura. El dedo se recreó en esa zona, despacio, creando
los volúmenes precisos, los brillos, buscando recordar el dulzor
y el ligero sabor a hierro que siempre tenía.
Las líneas empezaron a formar el cuello, resaltando la nuez, y
sombreando esa zona tan particular que nunca se cansó de besar.
Sus ojos se entornaron valorando lo que había hecho, frunciendo
el ceño porque había cierto detalle de la nariz que no le
cuadraba. Se inclinó para corregirlo, le parecía
increíble haberse equivocado al dibujar su rostro. Lo
tenía memorizado hasta el último detalle, ya fuera una
peca escondida o el rebelde remolino de su sien derecha. No
podía ser que hubiera empezado a olvidarlo…no, eso no. A
pesar de los años transcurridos.
Siempre había sabido que sólo era cuestión de
tiempo el que decidiera volver con ella. Su destino había sido
ese: decidir, tener libre albedrío por fin, para escoger lo que
quería…y escogió a Buffy…y su
corazón se desgarró cuando lo vio marchar después
de haber ganado la batalla del callejón y la destrucción
de W&H. Se marchó a un nuevo lugar para empezar de cero,
donde nadie los conocería y vivir una nueva vida juntos, por
fin. Mientras que él se quedó rumiando su soledad. Otra
vez
…por qué fue tan estúpido…por qué
dejó que la luz le tocara…por qué no quiso volver
con él cuando ella murió…estúpido poeta,
podían haber estado juntos siempre. Si se lo hubiera dicho
él habría ido a buscarlo al último rincón
del mundo, consolarlo, abrazarlo, sólo eso…pero no, quiso
marcharse con ella, por ella…no por él.
No se dio cuenta de la lágrima que se deslizaba silenciosa por
su mejilla, recorriendo el mentón y alojándose en la
barbilla, temblorosa e indecisa. Otra más se sumó a la
ruta y ambas formaron una sola que cayó directamente en el
dibujo, emborronándolo.
Un ahogado grito escapó de su garganta, mientras negaba
quedamente intentado arreglarlo…pero el traicionero papel de
periódico se empeñó en no colaborar y la imagen de
Spike empezó a disolverse poco a poco.
Una hoja de papel, sólo una necesitaba. Tenía que
dibujarle. Los rasgos se difuminaban en su mente igual que en el papel,
y eso si que no podía consentirlo. Necesita recordar cada gesto,
cada poro de su piel, su olor. Necesita saber que alguien siempre le
recordaría. Será él, su mente se
convertiría en un doloroso relicario. Se levantó decidido
del suelo y empezó a revolver todo lo que encontraba a su paso
en el desastre que se había convertido su apartamento. Las pilas
de papeles que se amontonaban en el escritorio…alguna
serviría, seguro. Dibujarlo era una necesidad mayor que el
alimentarse.
Tenía que recordarle siempre así: hermoso, risueño…y vivo.