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De compras
A Spike le encantaba ir de compras a la tienda del señor
Liu. O simplemente, entrar un rato y saludar al pequeño coreano. Era un
lugar lleno de magia. Pero una magia benigna y acogedora, cálida y serena.
Le encantaba curiosear en las atiborradas estanterías donde se
amontonaban, desordenada y apiñadamente todo tipo de estrambóticos
cachivaches, los artículos más variopintos, todos mezclados en un
armonioso caos: velas junto a los diminutos pastelitos de sésamo que tanto
le gustaban, telas con hilos dorados que caían sobre tazas de té, bols
con piedras semipreciosas, libros polvorientos que tenían aspecto de ser
antiquísimos y que hubieran hecho las delicias de Wesley, botecitos de
miles de colores y formas, budas de la buena suerte, cordones para aliviar
toda clase de dolores confeccionados por el propio señor Liu, brillantes
joyas como anillos y collares y pulseras que rebosaban de los cuencos que
los contenía, paquetes de arroz y cereales y condimentos, exóticas frutas
en pequeñas cestas, licores de todo tipo y dudosa procedencia,
cigarrillos, los preferidos por Spike y unas cien marcas más distintas ,
todo revuelto y entrelazado ... Spike, además, adoraba el intenso y
rico aroma que lo impregnaba todo, la mezcla de fuertes especias como el
ajonjolí y el laurel, de drogas como el láudano, el dulzor del sándalo y
el incienso ... Pero lo mejor de todo, era el propio dueño, el diminuto y
amable señor Liu, que nunca se levantaba de su silla, porque parecía tener
todo lo que se le pidiera, por extraño que fuera, debajo del mostrador. Se
limitaba a alargar la mano y allí estaba lo que el cliente deseaba. El
señor Liu le estaba enseñando palabrotas en coreano y reía entre
dientes, como un chiquillo, cuando le contaba algún chiste de elevado
tono; a veces le regalaba pequeños cigarrillos que le adormecían y
calmaban, o le invitaba a beber a morro de sus polvorientas botellas, y
siempre, siempre, le ofrecía uno de sus riquísimos caramelos de regaliz.
A Angel, la tienda del señor Liu, al principio, le pareció un lugar conveniente al que acudir en caso de extrema necesidad, a cualquier hora de la noche o del día, porque estaba cerca, porque el señor Liu parecía tener de todo, incluso sangre y, especialmente, por que el señor Liu no hacía preguntas. Nada parecía sorprenderle. Angel sospechaba que el buen señor sabía lo que eran o, al menos, tenía una idea muy aproximada, ya que Spike salió en su defensa cuando el hombrecillo fue atacado por unos gamberros, al poco tiempo de mudarse allí los dos. El tema nunca salió a relucir, simplemente, el coreano, los atendía por delante de cualquiera, sin respetar turnos. Spike decía que era porque el hombrecito, movido por su religión, los adoraba como a seres sobrenaturales y por agradecimiento. Angel pensaba que era por miedo a que les entrara hambre de pronto y se comieran a sus clientes. El hombre, en sí, le caía bien. Era callado, tranquilo y afable, y no causaba problemas, del tipo de vecinos que a él le gustaban.
Una noche, Angel descubrió que no soportaba ver al señor Liu. Todo comenzó de la manera más inocente, mucho antes. Desde que se trasladaron a aquel barrio, siempre que iba de compras, Spike le acompañaba, hacían una ronda y acababan en la ya familiar y abigarrada tiendecita. Mientras él rebuscaba entre el amplio repertorio del coreano algo que pudiera convenirles, además de la sangre encargada, el rubio charlaba alegremente con el señor Liu, intercambiando disparates y chistes verdes. Luego, el hombrecillo, cuya edad podría oscilar entre los quinientos y los quince años, le daba un caramelito a Spike y este lo chupeteaba feliz hasta que se marchaban. Con el paso de las semanas, el coreano, no sólo le alargaba el dulce, sino que le quitaba el envoltorio de colores y todo. Más tarde, añadió el detalle de metérselo directamente en la boca. Huelga decir, que el detalle en cuestión, no le entusiasmó en absoluto, pero no dijo nada porque no quería que Spike se burlara de él y le dijera que estaba celoso perdido. Así que guardó silencio, rencoroso y sí, para qué negárselo a sí mismo, celoso hasta hacerle rechinar los dientes. Hasta que pasó lo que pasó. Aquella noche, para llegar al colmo del atrevimiento y del descaro más absoluto, con gran escándalo de Angel, el señor Liu no solo cogió el caramelito de rigor, y le quitó el envoltorio y se lo metió en la boca, sino que, ADEMÁS, hizo que Spike lo partiera por la mitad con sus fuertes y blancos dientes y se llevó la otra mitad a su propia boca. Tras la estantería desde la que acechaba todo, con la excusa de buscar su marca favorita de suavizante para la colada con olor a lavanda, Angel sintió que se vampirizaba de rabia.¡¡¡¡Spike sólo compartía sus caramelos y todo lo demás con él y EXCLUSIVAMENTE CON EL!!!!!! Sólo la enorme fuerza de voluntad que poseía y el autocontrol sobrehumano que había llegado a desarrollar tras vivir tanto tiempo con el rubio, evitaron que se abalanzara sobre el oriental, le arrancara la cabeza de cuajo y la pusiera en una de las estanterías, como una mercancía más. Por esa razón, cuando dos noches más tarde fueron de compras, Angel cogió férreamente a Spike del brazo cuando este iba a entrar en la tienda y lo llevó hasta dos manzanas más allá, donde acababan de abrir un nuevo y reluciente supermercado ultramoderno. -¿Qué quieres decir con que vamos a comprar aquí a partir de ahora? ¿Qué va a pensar de nosotros el señor Liu?- saltó Spike, soltándose el brazo -Me importa un carajo lo que piense el señor Liu. Su tienda siempre me ha parecido sospechosamente antihigiénica. Seguro que nunca ha pasado una revisión de Sanidad. O incluso que es ilegal y Sanidad ni siquiera sabe que existe -explicó razonablemente Angel, que para eso era el Sire -¿Sanidad, higiene? ¿Qué tiene eso que ver? Además, ¿quién es el idiota que busca sanidad e higiene en lo que compra? El señor Liu es nuestro amigo, siempre hemos ido a él. -protestó Spike. -Porque no había más tiendas cerca, pero mira esta, qué maravilla - Angel, en verdad, estaba encantado. Era el tipo de establecimiento capaz de satisfacer sus expectativas más exigentes: orden, limpieza casi obsesiva, anaqueles blancos con todos los artículos meticulosamente etiquetados, clasificados, organizados y encasillados. Luz deslumbrante que te permitía ver hasta el rincón más lejano, olor a lejía y desinfectante, pasillos perfectamente enfilados, suelos en los que podrías reflejarte si pudieras reflejarte, música ambiental agradable y muy new age... Ideal. Era el supermercado que Angel hubiera diseñado de haber sido arquitecto, el supermercado que le hacía relamerse de placer y fruición. -Pero, Angel... -Nada de "pero Angel", y no te molestes en mirarme así, porque no voy a ceder, esta vez no. Y puedo asegurarte que ese hociquito...delicioso, he de reconocerlo...ese hociquito que voy a comerme ahora mismo si no te lo quitas de la boca, no me hará cambiar de idea. El hociquito no le hizo cambiar de idea, pero sí le hizo buscar desesperadamente algún lugar discreto y demorar la compra una buena media hora. Pero al fin, ligeramente despeinados y sofocados, las puertas se abrieron automáticamente y entraron. Angel, triunfante, llevando el carrito y Spike, detrás de él, mohíno y visiblemente disgustado. Angel se deleitó con las dimensiones del sitio, las estanterías estratégicamente colocadas, todo ordenado al milímetro, ni un bote ni paquete fuera de su sitio. Auténticas profesionales atendiendo a los clientes con exquisito y cortés distanciamiento, impecables en sus uniformes y ademanes. Recorrió el primer pasillo hasta el final, deteniéndose cada dos pasos, para familiarizarse con los productos que allí se exponían, regodeándose ya en futuras e higiénicas compras, intentando ignorar los refunfuños que venían desde detrás. -...y de todas formas, me extraña que aquí podamos conseguir la sangre con tanta facilidad y abundancia como allí, y sin que nos miren raro... Touché, directo a la yugular. Spike había expresado, justamente, el único punto negativo de aquel paradisíaco lugar. -Seguro que podemos hallar un modo de... Calló, porque la señorita con uniforme que había estado mirándolos desde el principio se acercaba a ellos portando una bandeja con pequeñas muestras de comida. Bueno, más bien, desfilaba y se contoneaba como una modelo, mientras iba hacia Spike como atraída por un imán, ignorándolo a él totalmente: -¿Dessssshea el sssssheñor probar missssshhh...ahhhh? Spike la miró, miró a Angel, y luego la miró a ella de nuevo. Más que mirarla, la devoró con los ojos, con esa manera caliente que tenía de mirar que te resecaba la garganta y te hacía arder las entrañas por muy vampiro que fueras. Luego sonrió enseñando apenas la puntita de la lengua: -MMMmmmmm....me encantan las cositas pequeñas, blancas y dulces...-ronroneó, bajando los párpados, provocativo, sexy como el infierno. La chica casi empezó a hiperventilar. Y cuando Spike alargó la mano y cogió con dedos muy cuidadosos el pedazo de queso que estaba más cerca de sus senos, Angel juraría que estaba a punto de contemplar un fenómeno de embarazo espontáneo, dada la expresión de profundo arrebato de la mujer. Cuando Spike mordió delicadamente el pequeño triángulo, sin dejar de hipnotizarla con sus ojos azules, ella gimió casi orgásmicamente. Angel dio a Spike un cachete en la nuca, rompiendo el hechizo. -Deja de flirtear - y cogiéndolo de la solapa con una mano se lo llevó a rastras de allí hasta tres pasillos más a la derecha, mientras llevaba el vacío carrito con la otra. -Ow, no estaba flirteando - se quejó Spike, andando a trompicones. -¿Cómo llamas tú a esa caída de ojos que le has hecho? -¿Caída de ojos? Eso le hizo ganar otro coscorrón. Y otro más cuando, tres pasillos más a la izquierda, oyeron el grito de la muchacha que parecía haber salido de su trance: -¡¡¡¡Chicaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaas, bombón en la sección cuatro!!!! El aviso corrió como reguero de pólvora y dos segundos más tarde apareció otra señorita mostrando las ventajas de tener la tarjeta del establecimiento mientras toqueteaba el pecho de Spike con la susodicha; luego apareció otra para explicarles el funcionamiento de una depiladora eléctrica , y la eficaz empleada, como buena profesional, se ofreció a que Spike comprobara las excelencias del producto tras su utilización en sus larguísimas piernas femeninas, que enseñó con generosidad y buen sentido del negocio. Angel, apenas había conseguido quitársela de encima a Spike, cuando apareció otra lagarta, con un perfume que se extendió por el cuello y tras las orejas y luego casi metió bajo las narices del rubio. Luego apareció la que vendía unos cigarrillos árabes, obviamente infumables; la que daba a conocer una nueva marca de sardinas noruegas enlatadas directamente en los barcos pesqueros; la que no vendía nada, pero eso no le impedía lanzar impúdicas miradas a Spike e intentar palparle el culo; la del queso, otra vez, se ve que se había quedado con ganas de más; la del desodorante con olor a gata salvaje del Caribe o algo así, porque maulló y se restregó contra Spike y todo; la del papel higiénico tan suave que con él se podía acariciar a un bebé y, también, a un vampiro rubio, por lo que se veía, porque no dejó de magrear a Spike...¡y sin el papel! ; la que se acercó con el mero propósito de deslumbrarle con la sonrisa, ventilarlo con un rápido y huracanado pestañeo y deslizarle un papelito, sin duda, con su dirección y teléfono, y sin la menor discreción, en la palma de la mano; la que … Angel lo cogió del cogote para salvarlo del auténtico batallón de señoritas de uniforme que parecía surgir del suelo, como si de vampiros saliendo de sus tumbas se tratara, todas con bandejas, aparatos eléctricos de pequeño tamaño, objetos de regalo y otras menudencias, saliéndoles al paso, cortándoles el camino, impidiéndoles avanzar, obligándoles a ir de pasillo en pasillo, en busca de la salida, como ratones de laboratorio metidos en un laberinto infernal. Angel intentaba ahuyentarlas con su infalible gruñido anti-mujeres-desbordadas-por- la-lujuria, sin soltar al rubio, pero comprobó que era totalmente ineficaz contra el ejército de lobas dispuestas a sobar, toquetear, manosear, palpar y magrear en situ la sublimidad que Spike ocultaba bajo el eterno abrigo negro. Angel iba de un pasillo a otro, arrastrando a Spike, buscando enloquecido la manera de salir de aquel diabólico atolladero, de aquel nido de arpías que parecían haber sido infectadas por un repentino virus de furor uterino. Y cuando al fin consiguió salir al exterior, echó a correr, como si le persiguiera el propio diablo, tirando de Spike, hasta llegar a la esquina de su bloque. Donde estaba la tienda del señor Liu. Jadeantes, se miraron y luego miraron al señor Liu que los saludó amablemente desde su puesto de siempre. Suspirando, Angel abrió la puerta, esperó que Spike entrara y luego, entró él.
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