Autor:  Ehiztari

Pairing: Spangel

Rating: NR-18

Los personajes no son míos, pertenecen a Joss Whedon, Mutant Enemy, la W.B, UPN, la FOX o quien sea que tenga ahora sus derechos, y sólo los uso para contar estas historias, las cuales si me pertenecen, y por las que no persigo ningún fin comercial.

 
Angel


Vencido

Angel siente cada centímetro de su cuerpo dolorido. Mientras el agua tibia de la ducha acaricia su piel, nota el escozor de cada rasponazo, el dolor sordo de las magulladuras. El agua subraya el enrojecimiento de las cicatrices que están ya empezando a formarse. Eso es por fuera y, desde luego, meramente anecdótico. La punzada intensa que atraviesa su pecho demuestra que por lo menos un par de costillas están rotas y seguro que también le ha reventado algún órgano interno. Una suerte que sean inservibles, aunque el dolor  es el mismo que si le estuvieran arrancando la vida a pedazos. Pero de todas formas, lo molido que está su cuerpo es sólo el preámbulo de lo mal que se siente. Vaya paliza. Desde el luego el chico ha aprendido a pelear.

Por una asociación de ideas quizás tonta, piensa en Connor. No hay día que no piense en él y se pregunta si su hijo sabrá también defenderse con los puños en su nueva vida.

No quiere pensar en Connor.

La mente se le desboca al otro chico y realmente no sabe qué es peor.

Se siente viejo, inmensamente cansado, mientras el agua de la ducha matiza de destellos sus abdominales, resbala por su pecho y acaricia su espalda poderosa. Está en forma, lo sabe. Más fuerte que nunca, quizá. En la plenitud de su vigor físico. Eso no impide que se sienta derrotado. Derrotado no es la palabra. Lleva muchas derrotas sobre sí, una paliza más, otra batalla perdida, eso no es lo importante. Aunque ésta ha sido de las que hacen época. Se siente... desorientado. Realmente ya no sabe por qué pelea. Por eso ser vencido no es en sí tan importante. Lo importante es no saber para qué quiere la victoria, cuál es la victoria, dónde está la verdadera guerra y si en ella tiene la menor relevancia su intervención. Un campeón, el paladín de las fuerzas del bien, el héroe.... una sonrisa amarga, una mueca más bien, curva sus labios. ¿De verdad eso es así? Le parecen tan lejanos los tiempos en que todo encajaba a la perfección. Entonces sabía lo que debía hacer, dónde estaba su bando y que cualquier sacrificio tenía sentido. Ahora ya no lo sabe. No tiene ni la más remota idea.

Antes podía ser  doloroso, pero tenía sentido. Había una dirección, una ... moralidad en sus actos. Y, por mucho sufrimiento que le supusiera, él siempre podía saber qué era lo correcto.

Después se perdió. No sabe muy bien cuándo. Venir a Wolfram and Hart ha sido desde luego su último extravío, pero estaba perdido de antes. Quizás desde que dejó de tener a su lado a Cordelia, su razón, su ancla,... O cuando atacó a Wesley y expulsó de su lado al amigo más fiel. O quizás ya cuando dejó a aquellos abogados indefensos con Darla y Dru. Se lo merecían, desde luego, pero estaban indefensos. Y por otra parte Darla y Dru eran su responsabilidad.

Responsabilidad.

Quizás todo se reduzca a eso. Angelus dejó muchos cadáveres en el camino y cuando los cadáveres quedaban en pie era aún peor. El resto de su existencia, aunque sea inmortal, no es suficiente para compensarlo.

El agua sigue resbalando dócil por su pecho, empapándole el pelo y poniendo algo así como calidez en su piel. Las gotas, como lágrimas, abrazan su cuerpo. Es casi maternal y aunque lleva ya muchos minutos en la ducha, se niega a salir. Fuera es de noche.

Los abandonó. Ahora que lo piensa, ése quizás sea otro de sus más graves pecados. No tenía derecho a abandonarlos. En definitiva él los había creado. A todos. En cierta medida, también a Darla, moldeándose mutuamente uno a otro al gusto de su maldad retorcida. Y, además, sobre todo, eran su familia. Dru y Spike. Pobres niños arrancados de su inocencia para ser arrojados a un infierno de perversión.

Y cuando recuperó su alma, cuando apenas podía soportar el recuerdo de tantos crímenes suyos, se sintió asqueado e incapaz de contemplar los de su estirpe. Los crímenes de Darla que regalaba su seductora sonrisa a los jóvenes más apuestos antes de matarlos o de ofrecérselos a él para que los disfrutara. O los de Drusilla que desmembraba niños igual que jugaba con sus muñecas; y Spike, que, con risas en la boca y el fulgor de la excitación en los ojos, siempre se lanzaba a por la presa más peligrosa y ponía un punto de locura en cada baño de sangre.  Dru y Spike que mataban por diversión, bailaban entre el fuego y la destrucción y se besaban las bocas ensangrentadas. Demasiado horrorizado, tuvo que huir, aterrado al contemplar su monstruosidad. Sí, Angelus se desvaneció y, con alma, Angel huyó de ellos. Como un virtuoso puritano que pensara aprehender la virtud con el recurso fácil de escandalizarse ante la maldad. Tan hipócrita que ni siquiera se permitió recordar que esa maldad era su obra. Quizás la única obra suya que fuera a perdurar en el mundo.

Y ahora ha tenido que venir ese jodido crío maleducado de Spike para hacérselo aún más evidente. “Me necesitabas para que hubiera alguien en el mundo tan repugnante como tú”

De pronto toma conciencia de que hay un timbre en alguna parte. Es el teléfono. Debe de llevar tiempo sonando (y él oyéndolo), pero no había querido reparar en él. Está tentado de dejarlo sonar hasta que el que llama abandone y, en efecto, así lo hace. El teléfono calla unos segundos, pero vuelve a insistir poco después y Angel comprende que no se siente con ánimos para soportar el sonido estridente una y otra vez. Así que, resignado, cierra el grifo y sale de la ducha. Se ciñe una toalla a la cintura y se acerca al molesto aparato que sigue llamando. Descuelga después de la quinta o sexta llamada y oye una voz bien conocida al otro lado.
- ¿Estás bien? –Es Gunn.
- Sí. 
- Si quieres, me paso por ahí...
- No. No te preocupes, estoy bien.
- Mira, Angel, que estés bien es totalmente imposible, así que si no quieres compañía, por lo menos, te voy a enviar un médico; o un chamán, si lo prefieres...
- No. –La rotunda negativa deja bien a las claras que los deseos del jefe siguen siendo órdenes indiscutibles. Como ha sonado un tanto airado, Angel intenta suavizarlo después de un breve silencio.- No os preocupéis. Estoy machacado, pero me recuperaré, como otras veces. Sólo necesito tiempo. Y no quiero ningún trato con esos médicos de W&H. Prefiero arreglármelas sin su ayuda.
- Bueno, entonces...
- Si necesito algo, os llamaré. Adiós, Gunn, y gracias.

Se dirige al dormitorio cojeando un poco. Se pone el pantalón holgado de un pijama. Deja caer la toalla húmeda al suelo y se da cuenta de que también hay huellas de agua sobre la moqueta. “Debo de estar muy mal- se burla para sí mismo.- Cordelia empezaría a asustarse en serio si me viera mojar el piso”. Procura no pensar en Cordelia porque quiere evitar el lacerante dolor de haberla perdido. Además, sería una traición. Cordy volverá a él. Cualquier día despertará en la habitación de ese hospital y él irá a recogerla y le dará tanto amor que la traerá de la mano, como a una niña pequeña que se ha extraviado, hasta que vuelva a ser ella, hasta que sus risas inunden todos los rincones sombríos, expulsando la oscuridad, y estallando en carcajadas su alegría contagiosa, inundando con su luz cada brizna de su existencia.

Sí, debe de estar muy mal porque ni siquiera se molesta en recoger la toalla mojada. Se acerca al amplio ventanal y mira a través de él la noche de Los Angeles a sus pies.

¿Hay algo que tenga sentido? Su alma fue un accidente, una burla del destino; en realidad, un castigo por sus crímenes y por el error de atacar a la gente equivocada. ¿Puede dotarse de sentido una existencia construida sobre tanto horror? Durante tanto tiempo ha querido creer que tenía una misión. Cuando Whistler le ofreció escapar de la mugre y del vagabundeo mostrándole a aquella niña, Buffy, y decidió consagrar su vida a protegerla, primero a ella y luego a tantos otros desamparados, atisbó que realmente podía acariciar la redención. A veces duele ser un héroe, el campeón de los indefensos, pero ante todo es muy consolador. Ahora se pregunta si eso, esa misión grandilocuente no es como su ropa de marca, sus lecturas intelectuales o el resto de sus cosas de diseño. Otra máscara con que ocultar al monstruo. Con su aspecto elegante y su aplomo de líder, la gente olvida con facilidad su verdadero rostro. Olvidan que ese aspecto es un engaño, que la verdad es la otra: los colmillos, la dieta de sangre, el pasado aterrador, la incertidumbre constante. Él sabe mejor que nadie que Angelus está siempre en su interior, acechando. Sólo él sabe cuánto le cuesta mantenerlo encadenado. Aunque, en realidad, también eso es falso. Angelus no está encadenado. Angelus es él.  Al menos ha aprendido a no engañarse.

Vuelve a sonar el teléfono, pero esta vez ha decidido no cogerlo. Lo deja sonar hasta que salta el contestador automático. Una voz femenina, un poco nerviosa, rompe el silencio del dormitorio

- Hola, Angel. – Una ligera vacilación.- Parece que no estás en casa... –Otra breve pausa que se resuelve después en un arranque de  determinación- Soy Nina, no sé si te acuerdas de todas las chicas que salvas, pero... Bueno mi vida social creo que va a cambiar un poco a partir de ahora dadas las circunstancias y he pensado que... un vampiro quizás no tenga inconvenientes en salir alguna noche, no las de luna llena, claro. – La broma nerviosa cesa de pronto- Bueno, ha sido una tontería. Olvídalo. Lamento haberte molestado. Olvida esta llamada, por favor.

En el contestador  se oye el leve chasquido de Nina colgando al otro lado de la línea y vuelve a hacerse el silencio. Mejor. Angel no quiere hablar con nadie. Sólo quiere un poco de descanso, encerrarse unas horas en la oscuridad de su habitación y dejar que, por un rato, el mundo siga girando al margen de él.

Es duro comprenderlo de pronto, que no hay perdón ni redención posible. Siempre lo ha temido, pero hasta ahora había ido esquivando esa verdad. Se ha negado a decirla en voz alta, huyendo de sus pensamientos tanto como del pasado, acallando los recuerdos que queman, manteniendo su temor en el terreno confuso de la duda. Ahora ve con perfecta claridad que toda una vida de esfuerzo y renuncia no puede borrar un instante de crueldad. No es cuestión de perdón o de compensar el pecado. Es más simple. El agua embarrada nunca vuelve a su transparencia. Cuando has matado entre tus manos un gorrión, aunque lo intentes, no puedes devolverle la vida.

Duele tener ante sí la evidencia. Recibir, tan duro como los golpes, las verdades escupidas a su cara sin pudor. Con justicia. Que haya sido Spike no deja de desconcertarle un poco porque siempre ha creído que podía manejar a Spike. Siempre lo ha considerado más débil que él, su sombra, siempre siguiendo paso por paso todo lo que él hacía, pero sometido su poder. Angel era el jefe y a Spike siempre le ha tocado obedecer.

Siempre, hasta ahora. Lo recuerda cogiendo el gran crucifijo, el olor a carne quemada, el gesto desafiante. Spike, con la sonrisa imponiéndose al dolor y humillándole con su valor y su orgullo. Spike siempre ha sido un loco. Pero también su audacia demencial ha tenido siempre un punto de grandeza.

Y ahora ni siquiera le queda a Angel el resquicio de desdeñarlo porque esta vez no era mero arrojo inconsciente. Era verdadero valor, aplomo, seguridad en sí mismo. Justicia.

Reconoce que Spike, insolente, haciendo un juego del riesgo constante, crispa los nervios más templados, pero también sabe que  William era un buen hombre, mil veces mejor que él y que, pese a su fachada, seguramente Spike también lo es. Se pregunta si no es por eso, por el resentimiento de saberlo mejor, por la admiración que le profesa y que su soberbia no puede soportar, por lo que siempre le ha rechazado. Ha aparentado despreciarlo, como si no se le pudiera tomar muy en serio. Sólo un insensato bravucón: en Europa supo mantenerlo a raya; volvieron a enfrentarse en Sunnydale, cuando desembarcó con Dru y con sus locos sueños de destrucción. O de diversión. A Spike esos conceptos solían confundírsele; Entonces Spike lo tuvo brevemente a su merced, pero fue sólo un espejismo. Luego, cuando supo que era el nuevo amante de Buffy, ni siquiera pudo creer que aquello iba en serio. Otro error, sin duda. Al final, Spike se hizo demasiado importante. Se redimió. Fue el verdadero héroe que evitó el Apocalipsis y cuando reapareció allí, en su mismísimo despacho de W&H, Angel se encontró con que ya no podía despreciarle. Entonces se descubrió odiándolo.

Cae en la cuenta de que, en realidad, Spike le ha tomado la delantera. Al final él es quien le supera: consiguió su alma por voluntad deliberada y libre, amó a Buffy y se quedó junto a ella, entregó su vida y su sacrificio salvó el mundo. Él es el héroe. Y seguro que no tiene las malditas dudas existenciales que le desgarran a él.

“No soy nada como tú”- le escupió. Sin duda tiene razón, y se alegra sinceramente por él pero sigue escociéndole todo lo que Spike le ha dicho. Además del rencor justificado, del desprecio infinito de Spike, en su mente resuena la palabra más triste. “Nada”. Se da cuenta de que su existencia se encamina a un final sin sentido que empezó quizás con su primera muerte cuando era un gañán irreflexivo y juerguista. Que quizás “nada” es lo que ha definido su esencia: cuerpos muertos, destructores de vida hasta disolverse en polvo. La existencia de todos ellos. El destino al que también William está condenado. Él lo condenó.

Sin embargo...siempre hay un resquicio para la luz. El amor. Los dos lo han experimentado. Sus existencias completamente vueltas del revés por una mujer. Buffy.  Hace tanto tiempo... Recuerda la dulzura de sus caricias inexpertas, el olor de su cuerpo, sus muslos de adolescente, sus caderas redondeadas y la caricia dorada de su pelo, la emoción renovada de los besos. Necesitó más de doscientos años para enfrentarse al primer amor y desde luego, no salió indemne de él. Recuerda cómo el amor de Buffy entró de pronto en su vida y la tomó al asalto cambiándola por completo. Y recuerda cómo él se entregó entero, derramándose en el milagro desconocido de algo más fuerte que el deseo o el cariño. La felicidad perfecta. Perderse en un instante de plenitud.

Pensar en Buffy le hace daño. Se obliga a desterrarla de su mente en un ejercicio que se autoimpuso hace mucho tiempo. Lo ha ejercitado tanto, que lo consigue con relativa facilidad. En Cordelia, sin embargo, no piensa casi nunca. No podría soportarlo.

“¿O sea que Buffy pensaba en ti cada vez que se la metía?” Repiquetean en su cerebro frases de Spike. Peor que el dolor de los golpes en su cuerpo. Como ellos, persisten, se abren paso a la fuerza y quedan vibrando de forma sorda en su conciencia. Le dolió lo soez de esa frase. Le dolió que le suscitara imágenes obscenas de Buffy revolcándose en la cama con el vampiro, sudorosa y gimiente mientras la cabeza escandalosamente rubia de Spike se hundía entre sus muslos. La imagen fue un fogonazo increíblemente nítido, tan certero y contundente como el puñetazo que le desarboló a continuación. Spike sabe cómo hacer daño cuando se lo propone. Claro que no es extraño, no le quedó más remedio que aprender a marchas forzadas. Y además, tenía un buen maestro.

“Tú me convertiste en un monstruo”.

Sin duda.

William era sensible, exquisitamente educado, tímido, inexperto. Angelus nunca despreció un bocado exquisito. Por eso también le duele la obscenidad de Spike. Porque sabe perfectamente que es obra suya: esa máscara que Spike se pone para ocultar un alma demasiado frágil. Como ese abrigo largo que nunca se quita, como si fuera su armadura contra la desnudez.

Recuerda... cosas que no quiere recordar.

Era una bella tarde de otoño y la sala se inundaba de reflejos dorados. William leía sentado junto al ventanal...

¡No!  Hace un deliberado esfuerzo por apartarlo de su mente y lo consigue, al menos de forma consciente. La imagen persiste en algún confuso rincón de sus recuerdos pero Angel consigue ponerle coto. Lo rechaza con toda la fuerza de su voluntad y evita que aflore. Será una cobardía pero hay cosas que aún no puede afrontar.

Al menos se alegra de que el cáliz fuera un fiasco. No, no es por mezquindad. Esta vez, no. Está seguro. Al menos Spike no sufrirá. Resultará patético pero lo decía totalmente en serio mientras peleaban: querría evitarle tanto sufrimiento. Al menos una vez. Sí, increíble y ciertamente patético, si lo piensas bien, pero... al final, después de los golpes y de las palabras, que eran peores que los golpes, sabía que era su responsabilidad: Beber del cáliz, salvar al mundo, o ... quizás todo quedaba reducido sólo a salvar a Spike, a evitar que asumiera el dolor que le correspondía a él. Un propósito muy paternal, se dijo con amargura, sólo que el hijo se había hecho mayor y ya no quería protecciones paternas. Las desdeñaba porque ahora se sabía seguro, adulto, fuerte. En la medida en que Spike podría ser alguna vez adulto, claro.

Se pregunta cómo reaccionará ahora Spike. Seguramente se irá. Y él se quedará solo, empapado de fracaso. Y, curiosamente, nota que lo añora ya, aún antes de que se vaya. Al menos con él, no puede mantener secretos y eso es un gran descanso.

Se siente tan solo. No hay nadie en el mundo que pueda comprender el peso que soporta. Absurdamente, Spike vuelve a cruzar por sus pensamientos. ¿Se sentirá él igual? Han vivido casi las mismas cosas, aunque sean tan distintos. William es inteligente, muy inteligente. No puede ser cierta esa pose de macarra insolente que siempre adopta. Él también tiene que haber sentido lo mismo, la amargura, la frustración, el fuego que le quema y donde él siente que su existencia se está reduciendo paulatinamente a cenizas. Una forma lenta de aniquilación. La soledad.

Una vez hizo un dibujo de Spike. Recuerda que consiguió plasmar la luz suave y limpia de su mirada...

 Pero los dibujos de Angelus, igual que los recuerdos, deben quedar sepultados en el pasado. Tiene que enterrarlos para enfrentarse de nuevo con el presente. Debe hacer el esfuerzo y reencontrar las fuerzas para retomar el timón de su vida. Por duro que sea, por mucho que el fracaso oprima su pecho con una angustia insoportable. Seguramente no hay forma de hacerla desaparecer, pero Angel añora un cuerpo desnudo contra el suyo en la soledad insoportable de las sábanas blancas. Lo necesita. 

Toma una decisión. Demasiado tiempo de anacoreta y monje guerrero. Resulta ridículo.

La luz de su mirada...

Con resolución que a él mismo le sorprende, se dirige al teléfono y descuelga el auricular.  Llama a Nina.

 

 
Una tarde de otoño


Era una bella tarde de otoño y la sala se inundaba de reflejos dorados. William leía sentado junto al ventanal y Angelus emborronaba papeles, más que nada por pasar el rato hasta que se hiciera de noche y pudieran salir a cazar. Estaban solos En el tedio de la espera, Angelus contemplaba el perfil del joven. La gracia de su juventud, la paz del instante, la luz tamizada del atardecer jugueteando en sus cabellos castaños. Estaba enfrascado en su libro, como ausente. Mientras le observaba en silencio, comprendió que había algo indefiniblemente hermoso en el muchacho y su sensibilidad de artista sintió la necesidad intensa de aprehenderlo. Deseaba apoderarse de aquella belleza serena que se desplegaba ante él, inocente e indefensa, lo que probablemente equivalía al deseo sordo de destruirla.
William seguía leyendo ajeno por completo a los pensamientos que despertaba. En Angelus finalmente se impuso el artista, cogió un nuevo papel en blanco y empezó a dibujar a su compañero: el perfil de la nariz, la línea del mentón, los labios perfectos,... difuminó el carboncillo sobre las comisuras, subió luego hacia el pelo apretando con decisión los trazos para plasmar la textura sedosa de los mechones, trazó las líneas firmes del cuello.... Mirando sucesivamente al dibujo y a su modelo, trabajó un rato en el apunte. De pronto se detuvo. Con ojo crítico examinó la obra que empezaba a surgir de su mano comparándola en silencio con el modelo. Era un buen apunte. Los rasgos emergían con nitidez, sin vacilaciones, fruto de su técnica más que aceptable y el parecido era indudable. Sin embargo... sólo había parecido. De su dibujo estaba por completo ausente aquella sensación de belleza serena que le había seducido.
Sin pensárselo dos veces arrugó el papel, lo tiró al suelo y cogió un nuevo pliego en blanco. Luego, ordenó a William.
- Desnúdate.
- ¿Qué? -El joven volvió de su lectura a la realidad con la sorpresa más auténtica reflejada en sus bellos ojos.
- Desnúdate –repitió Angelus.- Voy a dibujarte.
- No- El propio William comprendió que la negativa sonaba inaceptablemente tajante. Balbuceando un poco añadió:- No quiero... ahora. Quizás...luego.
Angelus le regaló una de aquellas odiosas sonrisas suyas, llenas de prepotencia:
- ¿A alguien le importa lo que tú quieras, William? – Su tono se hizo insoportablemente frío al repetir con una calma que no admitía réplica.- Desnúdate.
William tuvo un instante de vacilación, pero Angelus sabía que no tenía salida. El pudor sería una excusa risible que sólo le granjearía nuevas burlas y humillaciones. Enfrentarse al sire por lo que parecía un capricho intrascendente le aseguraría otra paliza gratuita. Sólo podía ceder. William lo comprendió y obedeció sin darle la satisfacción de más protestas.
Comenzó a desnudarse. Despacio. Empezó por la parte superior: el chaleco, la camisa... Se demoró en doblar sus ropas con cuidado y dejarlas sobre el respaldo de la butaca. Probablemente quería retardar lo inevitable. Angelus le observaba paciente, inmóvil y en completo silencio. Con el torso desnudo, William no pudo evitar una mirada de muda súplica. La única respuesta de Angelus fue una ligerísima sonrisa, tan inflexible como la exigencia de su gesto imperturbable. Era evidente que no estaba dispuesto a ninguna concesión. William respiró, irguió la cabeza recobrando una dignidad inesperada y se volvió a sentar en el borde del asiento para descalzarse, también en silencio. Angelus se complació viendo cómo sus manos temblaban un poco al desabotonarse la bragueta. Finalmente, se bajó también los pantalones y, totalmente desnudo, se puso en pie, mirando de frente a Angelus.
Sin una palabra, Angelus tomó de nuevo el carboncillo. Durante unos minutos sólo se oyó su rasgueo deslizándose por la blancura del papel. De vez en cuando miraba al joven y a continuación se enfrascaba en el dibujo. Para William el silencio y la concentración de Angelus era casi tranquilizadores. No podía saber qué pensamientos cruzaban su mente y al poco se autoconvenció de que simplemente estaba absorto en su tarea.
Angelus sonrió para sí al verlo rehaciendo poco a poco su presencia de ánimo, dejando vagar su vista al otro lado del cristal, fingiendo desinterés por lo que él hacía... A veces William resultaba entrañable, como los niños que tanto atraían a Drusilla o como la virtud de los conventos que a él le gustaba saquear. La virtud, la inocencia, la vulnerabilidad sólo eran facetas distintas de un mismo diamante: el Bien. Corromperlo era el placer a que se había entregado con más entusiasmo desde su conversión. Era un vampiro y había hecho del refinamiento en el mal la base de su existencia, pero además era un artista y anhelaba apresar la belleza. Hacer del mal un arte, pervertir cualquier atisbo de inocencia, poseer cualquier rasgo de hermosura, deleitarse sometiéndolo a su poder... Todo venía a ser lo mismo. Apresar en sus manos un gorrión y sentirlo palpitar aterrado antes de decidir si dejarlo volar o acabar con él. Acariciar la suavidad de su plumaje y poseer la delicada calidez de su cuerpecillo frágil antes de romperlo.
El fluir de los pensamientos no estorbaba su concentración mientras dibujaba. Al contrario. Lo hacía aún más consciente. Era un placer doble: contemplaba el cuerpo de William, se recreaba en la armonía de sus miembros y luego, demoradamente, trasladaba al papel la copia de aquella desnudez que le fascinaba. Se tomaba tiempo. Despacio, muy despacio iba haciendo surgir en la blancura del papel el cuerpo masculino. No quería un bosquejo rápido y enérgico. No. Quería disfrutar con cada trazo, afirmarlos poco a poco, corrigiendo levemente hasta estar seguro de la exactitud de los rasgos, insistiendo en la oscuridad aterciopelada de las sombras, destacando las luces, moldeando con exquisita lentitud los relieves, sensualmente, complaciéndose en el recorrido suave del carbón como un amante que saborea cada rincón del cuerpo entregado a su deseo. Se esforzaba en captar aquella gracia juvenil que lo inundaba como formando parte de su naturaleza más íntima.
Quizás era la luz de su mirada. Necesitaba apresarla en el dibujo y se afanaba en aquel intangible, al tiempo que se complacía demoradamente en el resto de los detalles: el rostro varonil y armónico, el pelo, demasiado largo ya, mal apresado en una coleta de color miel, la línea firme de la nuca, los brazos de músculos precisos y bien marcados, las caderas estrechas. Volvía después a la cara y sombreaba los ojos claros bajo el flequillo rebelde, se perdía en las manos, fuertes y cuidadas, demorándose en el detalle de las venas ligeramente insinuadas y los dedos largos y sensitivos. Se sumergía después en el pubis descendiendo desde la curva suave del vientre, redondeaba casi amorosamente los glúteos, amasando su volumen, dedicaba una nueva atención a matizar su mirada, sólo por el placer de demorar el momento de perderse después en la oscuridad entre sus muslos, se deslizaba en la longitud de sus piernas y ascendía lentamente por sus muslos...
Se estaba excitando. Mucho. William no era del todo consciente de cuánto estaba a su merced y esa indefensión le complacía aún más. Era un placer nuevo e intenso el de desnudar a William, sin tocarlo, acariciándolo con el trazo de su carboncillo, demorándose en los ángulos de su cuerpo, recreándose en los rincones secretos de su piel, disfrutando en la soledad de su silencio la perversión de aquel placer melévolo. El tenerlo allí, ante él, tan próximo y tan ajeno, mientras él se deleitaba en su cuerpo añadía una exquisita perversión a su placer.
Quizás el sensitivo joven también percibió algo, porque de pronto recuperó la tensión del principio.
Le gustaba más cuando no estaba en guardia, pero también podía disfrutar de su azoramiento de ahora.
- ¿Por qué te has desnudado, William?
- Porque tú me lo has ordenado.
- Podías haberte negado...- Eso era bastante falso, pero el joven estaba demasiado nervioso para captar las trampas de Angelus.- Quizás querías desafiarme, provocarme...
- No –negó en un hilo de voz, casi inaudible.
- ¿Me temes, William?
Spike no respondió. Apretó los labios en una línea tensa y bajó los ojos. Desde luego tenía motivos para temerlo. Aunque aún llevaba muy poco tiempo en el clan, bajo su poder, había sido más que suficiente para justificar su miedo. A Angelus le agradó aquel silencio que fluctuaba entre la sumisión y la rebeldía. William le temía, sí, pero aún se negaba a reconocerlo en voz alta. Aquella llamita de orgullo en mitad de su fragilidad era demasiado cautivadora. Podía destruirla por supuesto y seguramente lo haría, pero entre tanto era un inesperado regalo. Embriagador. Excitante. El deseo de apagar su fulgor se le hizo apremiante.
Volvió a su dibujo. Miró de nuevo el cuerpo perfecto de William, luego el desnudo en blanco y negro, tan hermoso como él. Estaba ya prácticamente terminado. Podría matizar un poco las luces y sombras, podría repasar uno a uno los rasgos, demorarse recorriendo miembros, pero sólo sería como repetir caricias ya insuficientes mientras se acrecienta la ansiedad. El deseo se agolpaba en sus ingles, exigente, pero más aún que la excitación del sexo, Angelus paladeaba el placer de la crueldad: el miedo en la mirada de William, la posibilidad de marcar indefectiblemente el rumbo de otra existencia, la certeza embriagadora de su dominio absoluto.. Lo tenía por completo a su merced. Le bastaba aumentar un poco la presión para destrozarlo.
-O sea que... – Angelus echó hacia atrás la cabeza- ¿me vas a decir, William, que te desnudas ante un hombre y no le estás provocando? – Escandalizado, William ni siquiera acertó a negar, mientras la risa de él era obscena como una bofetada.- Ni siquiera tú puedes ser tan tonto.
La erección era casi insoportable. Angelus dejó que el carboncillo resbalara al suelo y se dirigió hacia el muchacho. El terror se apoderó de la mirada de William llenándola de sombra.

 

En la noche

Angel apaga la luz. Se esfuerza en encontrar el silencio en su mente y  rendirse al descanso. Aún se cuela una claridad tenue en la penumbra del dormitorio. Cierra los ojos. Necesita que la oscuridad sea absoluta.

En el silencio insomne se pregunta si cuando duerme es Angel o es Angelus quien ocupa su cuerpo. Se pregunta si en realidad hay alguna diferencia.


FIN