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Angel Vencido
Angel siente cada centímetro de su cuerpo dolorido. Mientras el agua tibia de la ducha acaricia su piel, nota el escozor de cada rasponazo, el dolor sordo de las magulladuras. El agua subraya el enrojecimiento de las cicatrices que están ya empezando a formarse. Eso es por fuera y, desde luego, meramente anecdótico. La punzada intensa que atraviesa su pecho demuestra que por lo menos un par de costillas están rotas y seguro que también le ha reventado algún órgano interno. Una suerte que sean inservibles, aunque el dolor es el mismo que si le estuvieran arrancando la vida a pedazos. Pero de todas formas, lo molido que está su cuerpo es sólo el preámbulo de lo mal que se siente. Vaya paliza. Desde el luego el chico ha aprendido a pelear. Por una asociación de ideas quizás tonta, piensa en Connor. No hay día que no piense en él y se pregunta si su hijo sabrá también defenderse con los puños en su nueva vida. No quiere pensar en Connor. La mente se le desboca al otro chico y realmente no sabe qué es peor.Se siente viejo, inmensamente cansado, mientras el agua de la
ducha matiza de destellos sus abdominales, resbala por su pecho y acaricia su
espalda poderosa. Está en forma, lo sabe. Más fuerte que nunca, quizá. En la
plenitud de su vigor físico. Eso no impide que se sienta derrotado. Derrotado no
es la palabra. Lleva muchas derrotas sobre sí, una paliza más, otra batalla
perdida, eso no es lo importante. Aunque ésta ha sido de las que hacen época. Se
siente... desorientado. Realmente ya no sabe por qué pelea. Por eso ser vencido
no es en sí tan importante. Lo importante es no saber para qué quiere la
victoria, cuál es la victoria, dónde está la verdadera guerra y si en ella tiene
la menor relevancia su intervención. Un campeón, el paladín de las fuerzas del
bien, el héroe.... una sonrisa amarga, una mueca más bien, curva sus labios. ¿De
verdad eso es así? Le parecen tan lejanos los tiempos en que todo encajaba a la
perfección. Entonces sabía lo que debía hacer, dónde estaba su bando y que
cualquier sacrificio tenía sentido. Ahora ya no lo sabe. No tiene ni la más
remota idea. Antes podía ser doloroso, pero tenía sentido. Había una dirección, una ... moralidad en sus actos. Y, por mucho sufrimiento que le supusiera, él siempre podía saber qué era lo correcto. Después se perdió. No sabe muy bien cuándo. Venir a Wolfram and Hart ha sido desde luego su último extravío, pero estaba perdido de antes. Quizás desde que dejó de tener a su lado a Cordelia, su razón, su ancla,... O cuando atacó a Wesley y expulsó de su lado al amigo más fiel. O quizás ya cuando dejó a aquellos abogados indefensos con Darla y Dru. Se lo merecían, desde luego, pero estaban indefensos. Y por otra parte Darla y Dru eran su responsabilidad. Responsabilidad. Quizás todo se reduzca a eso. Angelus dejó muchos cadáveres en el camino y cuando los cadáveres quedaban en pie era aún peor. El resto de su existencia, aunque sea inmortal, no es suficiente para compensarlo. El agua sigue resbalando dócil por su pecho, empapándole el pelo y poniendo algo así como calidez en su piel. Las gotas, como lágrimas, abrazan su cuerpo. Es casi maternal y aunque lleva ya muchos minutos en la ducha, se niega a salir. Fuera es de noche. Los abandonó. Ahora que lo piensa, ése quizás sea otro de sus más graves pecados. No tenía derecho a abandonarlos. En definitiva él los había creado. A todos. En cierta medida, también a Darla, moldeándose mutuamente uno a otro al gusto de su maldad retorcida. Y, además, sobre todo, eran su familia. Dru y Spike. Pobres niños arrancados de su inocencia para ser arrojados a un infierno de perversión. Y cuando recuperó su alma, cuando apenas podía soportar el recuerdo de tantos crímenes suyos, se sintió asqueado e incapaz de contemplar los de su estirpe. Los crímenes de Darla que regalaba su seductora sonrisa a los jóvenes más apuestos antes de matarlos o de ofrecérselos a él para que los disfrutara. O los de Drusilla que desmembraba niños igual que jugaba con sus muñecas; y Spike, que, con risas en la boca y el fulgor de la excitación en los ojos, siempre se lanzaba a por la presa más peligrosa y ponía un punto de locura en cada baño de sangre. Dru y Spike que mataban por diversión, bailaban entre el fuego y la destrucción y se besaban las bocas ensangrentadas. Demasiado horrorizado, tuvo que huir, aterrado al contemplar su monstruosidad. Sí, Angelus se desvaneció y, con alma, Angel huyó de ellos. Como un virtuoso puritano que pensara aprehender la virtud con el recurso fácil de escandalizarse ante la maldad. Tan hipócrita que ni siquiera se permitió recordar que esa maldad era su obra. Quizás la única obra suya que fuera a perdurar en el mundo. Y ahora ha tenido que venir ese jodido crío maleducado de Spike para hacérselo aún más evidente. “Me necesitabas para que hubiera alguien en el mundo tan repugnante como tú” De pronto toma conciencia de que hay un timbre en alguna parte.
Es el teléfono. Debe de llevar tiempo sonando (y él oyéndolo), pero no había
querido reparar en él. Está tentado de dejarlo sonar hasta que el que llama
abandone y, en efecto, así lo hace. El teléfono calla unos segundos, pero vuelve
a insistir poco después y Angel comprende que no se siente con ánimos para
soportar el sonido estridente una y otra vez. Así que, resignado, cierra el
grifo y sale de la ducha. Se ciñe una toalla a la cintura y se acerca al molesto
aparato que sigue llamando. Descuelga después de la quinta o sexta llamada y oye
una voz bien conocida al otro lado. Se dirige al dormitorio cojeando un poco. Se pone el pantalón holgado de un pijama. Deja caer la toalla húmeda al suelo y se da cuenta de que también hay huellas de agua sobre la moqueta. “Debo de estar muy mal- se burla para sí mismo.- Cordelia empezaría a asustarse en serio si me viera mojar el piso”. Procura no pensar en Cordelia porque quiere evitar el lacerante dolor de haberla perdido. Además, sería una traición. Cordy volverá a él. Cualquier día despertará en la habitación de ese hospital y él irá a recogerla y le dará tanto amor que la traerá de la mano, como a una niña pequeña que se ha extraviado, hasta que vuelva a ser ella, hasta que sus risas inunden todos los rincones sombríos, expulsando la oscuridad, y estallando en carcajadas su alegría contagiosa, inundando con su luz cada brizna de su existencia. Sí, debe de estar muy mal porque ni siquiera se molesta en recoger la toalla mojada. Se acerca al amplio ventanal y mira a través de él la noche de Los Angeles a sus pies. ¿Hay algo que tenga sentido? Su alma fue un accidente, una burla del destino; en realidad, un castigo por sus crímenes y por el error de atacar a la gente equivocada. ¿Puede dotarse de sentido una existencia construida sobre tanto horror? Durante tanto tiempo ha querido creer que tenía una misión. Cuando Whistler le ofreció escapar de la mugre y del vagabundeo mostrándole a aquella niña, Buffy, y decidió consagrar su vida a protegerla, primero a ella y luego a tantos otros desamparados, atisbó que realmente podía acariciar la redención. A veces duele ser un héroe, el campeón de los indefensos, pero ante todo es muy consolador. Ahora se pregunta si eso, esa misión grandilocuente no es como su ropa de marca, sus lecturas intelectuales o el resto de sus cosas de diseño. Otra máscara con que ocultar al monstruo. Con su aspecto elegante y su aplomo de líder, la gente olvida con facilidad su verdadero rostro. Olvidan que ese aspecto es un engaño, que la verdad es la otra: los colmillos, la dieta de sangre, el pasado aterrador, la incertidumbre constante. Él sabe mejor que nadie que Angelus está siempre en su interior, acechando. Sólo él sabe cuánto le cuesta mantenerlo encadenado. Aunque, en realidad, también eso es falso. Angelus no está encadenado. Angelus es él. Al menos ha aprendido a no engañarse. Vuelve a sonar el teléfono, pero esta vez ha decidido no cogerlo. Lo deja sonar hasta que salta el contestador automático. Una voz femenina, un poco nerviosa, rompe el silencio del dormitorio - Hola, Angel. – Una ligera vacilación.- Parece que no estás en casa... –Otra breve pausa que se resuelve después en un arranque de determinación- Soy Nina, no sé si te acuerdas de todas las chicas que salvas, pero... Bueno mi vida social creo que va a cambiar un poco a partir de ahora dadas las circunstancias y he pensado que... un vampiro quizás no tenga inconvenientes en salir alguna noche, no las de luna llena, claro. – La broma nerviosa cesa de pronto- Bueno, ha sido una tontería. Olvídalo. Lamento haberte molestado. Olvida esta llamada, por favor. En el contestador se oye el leve chasquido de Nina colgando al otro lado de la línea y vuelve a hacerse el silencio. Mejor. Angel no quiere hablar con nadie. Sólo quiere un poco de descanso, encerrarse unas horas en la oscuridad de su habitación y dejar que, por un rato, el mundo siga girando al margen de él. Es duro comprenderlo de pronto, que no hay perdón ni redención posible. Siempre lo ha temido, pero hasta ahora había ido esquivando esa verdad. Se ha negado a decirla en voz alta, huyendo de sus pensamientos tanto como del pasado, acallando los recuerdos que queman, manteniendo su temor en el terreno confuso de la duda. Ahora ve con perfecta claridad que toda una vida de esfuerzo y renuncia no puede borrar un instante de crueldad. No es cuestión de perdón o de compensar el pecado. Es más simple. El agua embarrada nunca vuelve a su transparencia. Cuando has matado entre tus manos un gorrión, aunque lo intentes, no puedes devolverle la vida. Duele tener ante sí la evidencia. Recibir, tan duro como los golpes, las verdades escupidas a su cara sin pudor. Con justicia. Que haya sido Spike no deja de desconcertarle un poco porque siempre ha creído que podía manejar a Spike. Siempre lo ha considerado más débil que él, su sombra, siempre siguiendo paso por paso todo lo que él hacía, pero sometido su poder. Angel era el jefe y a Spike siempre le ha tocado obedecer. Siempre, hasta ahora. Lo recuerda cogiendo el gran crucifijo, el olor a carne quemada, el gesto desafiante. Spike, con la sonrisa imponiéndose al dolor y humillándole con su valor y su orgullo. Spike siempre ha sido un loco. Pero también su audacia demencial ha tenido siempre un punto de grandeza. Y ahora ni siquiera le queda a Angel el resquicio de desdeñarlo porque esta vez no era mero arrojo inconsciente. Era verdadero valor, aplomo, seguridad en sí mismo. Justicia. Reconoce que Spike, insolente, haciendo un juego del riesgo constante, crispa los nervios más templados, pero también sabe que William era un buen hombre, mil veces mejor que él y que, pese a su fachada, seguramente Spike también lo es. Se pregunta si no es por eso, por el resentimiento de saberlo mejor, por la admiración que le profesa y que su soberbia no puede soportar, por lo que siempre le ha rechazado. Ha aparentado despreciarlo, como si no se le pudiera tomar muy en serio. Sólo un insensato bravucón: en Europa supo mantenerlo a raya; volvieron a enfrentarse en Sunnydale, cuando desembarcó con Dru y con sus locos sueños de destrucción. O de diversión. A Spike esos conceptos solían confundírsele; Entonces Spike lo tuvo brevemente a su merced, pero fue sólo un espejismo. Luego, cuando supo que era el nuevo amante de Buffy, ni siquiera pudo creer que aquello iba en serio. Otro error, sin duda. Al final, Spike se hizo demasiado importante. Se redimió. Fue el verdadero héroe que evitó el Apocalipsis y cuando reapareció allí, en su mismísimo despacho de W&H, Angel se encontró con que ya no podía despreciarle. Entonces se descubrió odiándolo. Cae en la cuenta de que, en realidad, Spike le ha tomado la delantera. Al final él es quien le supera: consiguió su alma por voluntad deliberada y libre, amó a Buffy y se quedó junto a ella, entregó su vida y su sacrificio salvó el mundo. Él es el héroe. Y seguro que no tiene las malditas dudas existenciales que le desgarran a él. “No soy nada como tú”- le escupió. Sin duda tiene razón, y se alegra sinceramente por él pero sigue escociéndole todo lo que Spike le ha dicho. Además del rencor justificado, del desprecio infinito de Spike, en su mente resuena la palabra más triste. “Nada”. Se da cuenta de que su existencia se encamina a un final sin sentido que empezó quizás con su primera muerte cuando era un gañán irreflexivo y juerguista. Que quizás “nada” es lo que ha definido su esencia: cuerpos muertos, destructores de vida hasta disolverse en polvo. La existencia de todos ellos. El destino al que también William está condenado. Él lo condenó. Sin embargo...siempre hay un resquicio para la luz. El amor. Los dos lo han experimentado. Sus existencias completamente vueltas del revés por una mujer. Buffy. Hace tanto tiempo... Recuerda la dulzura de sus caricias inexpertas, el olor de su cuerpo, sus muslos de adolescente, sus caderas redondeadas y la caricia dorada de su pelo, la emoción renovada de los besos. Necesitó más de doscientos años para enfrentarse al primer amor y desde luego, no salió indemne de él. Recuerda cómo el amor de Buffy entró de pronto en su vida y la tomó al asalto cambiándola por completo. Y recuerda cómo él se entregó entero, derramándose en el milagro desconocido de algo más fuerte que el deseo o el cariño. La felicidad perfecta. Perderse en un instante de plenitud. Pensar en Buffy le hace daño. Se obliga a desterrarla de su mente en un ejercicio que se autoimpuso hace mucho tiempo. Lo ha ejercitado tanto, que lo consigue con relativa facilidad. En Cordelia, sin embargo, no piensa casi nunca. No podría soportarlo. “¿O sea que Buffy pensaba en ti cada vez que se la metía?” Repiquetean en su cerebro frases de Spike. Peor que el dolor de los golpes en su cuerpo. Como ellos, persisten, se abren paso a la fuerza y quedan vibrando de forma sorda en su conciencia. Le dolió lo soez de esa frase. Le dolió que le suscitara imágenes obscenas de Buffy revolcándose en la cama con el vampiro, sudorosa y gimiente mientras la cabeza escandalosamente rubia de Spike se hundía entre sus muslos. La imagen fue un fogonazo increíblemente nítido, tan certero y contundente como el puñetazo que le desarboló a continuación. Spike sabe cómo hacer daño cuando se lo propone. Claro que no es extraño, no le quedó más remedio que aprender a marchas forzadas. Y además, tenía un buen maestro. “Tú me convertiste en un monstruo”. Sin duda. William era sensible, exquisitamente educado, tímido, inexperto. Angelus nunca despreció un bocado exquisito. Por eso también le duele la obscenidad de Spike. Porque sabe perfectamente que es obra suya: esa máscara que Spike se pone para ocultar un alma demasiado frágil. Como ese abrigo largo que nunca se quita, como si fuera su armadura contra la desnudez. Recuerda... cosas que no quiere recordar. Era una bella tarde de otoño y la sala se inundaba de reflejos dorados. William leía sentado junto al ventanal... ¡No! Hace un deliberado esfuerzo por apartarlo de su mente y lo consigue, al menos de forma consciente. La imagen persiste en algún confuso rincón de sus recuerdos pero Angel consigue ponerle coto. Lo rechaza con toda la fuerza de su voluntad y evita que aflore. Será una cobardía pero hay cosas que aún no puede afrontar. Al menos se alegra de que el cáliz fuera un fiasco. No, no es por mezquindad. Esta vez, no. Está seguro. Al menos Spike no sufrirá. Resultará patético pero lo decía totalmente en serio mientras peleaban: querría evitarle tanto sufrimiento. Al menos una vez. Sí, increíble y ciertamente patético, si lo piensas bien, pero... al final, después de los golpes y de las palabras, que eran peores que los golpes, sabía que era su responsabilidad: Beber del cáliz, salvar al mundo, o ... quizás todo quedaba reducido sólo a salvar a Spike, a evitar que asumiera el dolor que le correspondía a él. Un propósito muy paternal, se dijo con amargura, sólo que el hijo se había hecho mayor y ya no quería protecciones paternas. Las desdeñaba porque ahora se sabía seguro, adulto, fuerte. En la medida en que Spike podría ser alguna vez adulto, claro. Se pregunta cómo reaccionará ahora Spike. Seguramente se irá. Y él se quedará solo, empapado de fracaso. Y, curiosamente, nota que lo añora ya, aún antes de que se vaya. Al menos con él, no puede mantener secretos y eso es un gran descanso. Se siente tan solo. No hay nadie en el mundo que pueda comprender el peso que soporta. Absurdamente, Spike vuelve a cruzar por sus pensamientos. ¿Se sentirá él igual? Han vivido casi las mismas cosas, aunque sean tan distintos. William es inteligente, muy inteligente. No puede ser cierta esa pose de macarra insolente que siempre adopta. Él también tiene que haber sentido lo mismo, la amargura, la frustración, el fuego que le quema y donde él siente que su existencia se está reduciendo paulatinamente a cenizas. Una forma lenta de aniquilación. La soledad. Una vez hizo un dibujo de Spike. Recuerda que consiguió plasmar la luz suave y limpia de su mirada... Pero los dibujos de Angelus, igual que los recuerdos, deben quedar sepultados en el pasado. Tiene que enterrarlos para enfrentarse de nuevo con el presente. Debe hacer el esfuerzo y reencontrar las fuerzas para retomar el timón de su vida. Por duro que sea, por mucho que el fracaso oprima su pecho con una angustia insoportable. Seguramente no hay forma de hacerla desaparecer, pero Angel añora un cuerpo desnudo contra el suyo en la soledad insoportable de las sábanas blancas. Lo necesita. Toma una decisión. Demasiado tiempo de anacoreta y monje guerrero. Resulta ridículo. La luz de su mirada... Con resolución que a él mismo le sorprende, se dirige al teléfono y descuelga el auricular. Llama a Nina.
En la noche
Angel apaga la luz. Se esfuerza en encontrar el silencio en su mente y rendirse al descanso. Aún se cuela una claridad tenue en la penumbra del dormitorio. Cierra los ojos. Necesita que la oscuridad sea absoluta. En el silencio insomne se pregunta si cuando duerme es Angel o es Angelus quien ocupa su cuerpo. Se pregunta si en realidad hay alguna diferencia.
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